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Se conmemora una década del fallecimiento del mayor genio que ha existido en el deporte español

Por Gerardo Riquelme

https://www.marca.com/golf/opinion/2021/05/07/6094e99846163f675d8b460b.html

Hay personajes que no mueren nunca, que se mantienen en el purgatorio popular de las tertulias, en la memoria de los menos jóvenes, en la nebulosa de los que empiezan. Nombres que surgen espontánaemente en cualquier comparativa. «Mira, qué golpe, como Seve», «Esto sólo se le ocurriría a Seve». O el socorrido del titular de ‘El nuevo Seve’. Y Seve. Y más Seve.

Hace 10 años, de madrugada, como fallecen los que resucitan, moría Severiano Ballesteros, una figura determinante en la historia del deporte español. Seguramente, el primer deportista global de este país.

Su legado fue fabuloso. Seve se inventó un deporte. Ese juego que la nobleza tenía secuestrado detrás de unas verjas en España, el hijo de un campesino lo sacó por el quicio. A hurtadillas. Adentrándose en lo prohibido, entre los matorrales del hoyo 7 del Real Club de Golf de Pedreña en noches de luna llena. Como hacen los maletillas.

Su grandeza es archiconocida. Tres Open Británicos, dos Masters de Augusta, casi 100 victorias alrededor del mundo, cinco mundiales, rescatador de una Ryder Cup que agonizaba. Y la sensación permanente de estar delante de un genio al que no le importaba pintar el golf con trazos irregulares. En zig zag, entre las ramas, con una pierna a la pata coja. Se trataba de dar menos brochazos que los demás. Que de eso va el deporte.

Un mayor reconocimiento

Lo acontecido desde la madrugada del 7 de mayo de 2011 hasta nuestros días no hace justicia a su figura. El golf en España vive en un estado mesetario, que sólo ha repuntado en número de practicantes tras la pandemia por el temor a la práctica deportiva en otras especialidades. Nadie se ha preocupado de impulsar un torneo nacional con el nombre de la leyenda. Apenas ha habido gestos simbólicos y siempre han llegado desde los amigos: el de José María Olazábal ocultando tras su gorra las lágrimas cuando el equipo europeo de la Ryder Cup remontó en Medinah en 2012; el de Sergio García vestido de verde señalando al cielo el día de su onomástica, que coincidió con la victoria en el Masters de Augusta en 2017, y las referencias continuas que Jon Rahm hace a sus orígenes porque fue su padre quien se enamoró del golf tras la Ryder de 1997. «Sin él, yo no estaría aquí», repite mientras viste de azul en ocasiones.

El deporte español, que ahora se adorna con referencias plurideportivas de trascendencia internacional como Rafa Nadal, Fernando Alonso, Pau Gasol o Andrés Iniesta, tuvo un pionero en el genio cántabro. Llegó a una galaxia desconocida, donde el mánager te creaba un dilema cuando te interrogaba si querías conocer al Papa Juan Pablo II o a Muhammad Ali. Ganó el segundo. Porque para Seve, el deporte era una religión. Y para sus fieles, él, casi Dios.